Retratos de Goya: radiografías del alma

El público de hoy tiende a asociar a Goya casi exclusivamente con sus ‘Pinturas Negras’ y sus ‘Caprichos’. Por ello, la curaduría de esta exhibición, liderada por Xavier Bray, curador en jefe de La Dulwich Gallery –un pequeño pero enjundioso museo de arte ubicado en el sur de Londres– tiene como objetivo presentar al Goya retratista, haciendo énfasis en su alucinante capacidad de inspección psicológica. La exhibición Goya: The Portraits, comprende 67 pinturas y cuatro dibujos de los 160 retratos y autoretrato que se conocen del pintor español Francisco de Goya y Lucientes (1746–1828).

A pesar de que Goya sirvió como pintor de la corte española a tres generaciones de Borbones de 1786 a 1824, ninguna exhibición antes se ha centrado exclusivamente en sus retratos. En la muestra, ubicada en el ala Sainsbury del museo, podrán apreciar a todos los próceres de España y algunos otros de la Era Napoleónica, los cuales son presentados por grupos sociales y políticos.

Goya no hizo concesiones al retratar la verdadera personalidad de sus modelos. Nunca optó por la glorificación de los monarcas. Basta ver aquí arriba el rostro de estúpido con que inmortalizó a Fernando VII.

 

Otro ejemplo es el retrato de María Luisa de Parma aquí arriba. Aparece en el lienzo con una figura algo estilizada por el vestido, pero dejando ver sus senos caídos, los brazos regordetes, sus dedos como tubérculos y el rostro demacrado; no era para menos, después de más de 20 partos.

Cada retrato es diferente, cada obra es nueva, única. Goya no se repite. Fíjese arriba en el retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos, miembro de la Real Academia de la Historia, de la Real Academia de San Fernando y de la Real Academia Española, y Ministro de Justicia, es representado frente a su escritorio, con el rostro apoyado en la mano, pensativo, ejemplo del político ilustrado y contemplativo.

Ahora fíjese aquí, querido lector, querido nadie, en el retrato de Francisco de Saavedra, que era amigo cercano de Jovellanos y que cambia los estudios de teología y letras por las armas. Inicia una carrera militar brillante que lo lleva a ocupar el cargo de Secretario de Estado en dos ocasiones. Si bien aparece también sentado frente a su escritorio, es retratado, en cambio, alerta, el puño decidido, mirando hacia un lado, presto al siguiente encargo: el epítome del político activo e ilustrado. 

Este retrato, propiedad de la Courtauld Gallery, ha sido restaurado recientemente, no se exhibía desde hace 50 años. Está colgado junto al de su amigo, Jovellanos, pintados ambos en 1798, habiendo  tenido 10 años para haber calado la Revolución Francesa en libres pensadores como Goya.

 

El uso del fondo negro se repite en casi todos sus retratos. Sugiere esa sensación de profundidad, de inspección del alma del retratado, como si Goya intuyera un inconsciente, algo incontrolable al interior de hombres y mujeres. Queda a las claras en el retrato de Wellington. Después de tantas victorias contra los ejércitos napoleónicos, Wellington es retratado en 1812, luego de recuperar Madrid, y se esperaría verlo victorioso y exultante en el lienzo, sin embargo, en su rostro hay cierta ambigüedad, un leve esfuerzo por no parecer agotado; como si supiera que aun no podía creerse la victoria, que faltaban otras batallas, y la más importante, la batalla final, la batalla de Waterloo, la cual celebra su bicentenario este año.

ANTONIA ZARATE

En cuanto a las mujeres de Goya, se echan de menos las majas, sí –que nunca salen del Museo del Prado–. Sin embargo, el National Gallery exhibe el retrato de Antonia Zárate, melancólico y sensual, entre otros retratos de mujeres ilustres de la época.

Por su velada ironía, se echa en falta ‘La Familia de Carlos IV’ –que ocupan lugar privilegiado en El Museo del Prado, al final de la galería central de grandes formatos, en el segundo piso–. Siendo paradójicamente poco aficionado a la política, el rey Carlos IV dejó el mando a su esposa María Luisa de Parma, quien aparece casi en el centro del retrato; hay una pequeña distancia entre ella y su esposo. María Luisa de Parma, a su vez dejó el mando en manos de su amante, el primer ministro Manuel Godoy y Álvarez de Faria. ¿Nota el espacio que separa al rey y a la reina? Se especula que ese niño pequeño, el infante Francisco de Paula no era hijo de Carlos IV. 

Atrás de la familia, a la izquierda, a la manera de ‘Las Meninas’ de Velázquez, aparece Goya frente a un lienzo.

Entre los retratos estelares de la muestra está el de ‘La duquesa de Alba’. Se especula que fue amante de Goya. El pintor escribe su nombre y el de ella juntos, en los anillos de la mano; e índice apunta al piso, con actitud, donde se lee escritor en la arena: ‘solo Goya’. Recuerda ‘La maja desnuda’ y la importancia de los Alba, en tanto que Goya, un autodidacta, un genio algo salvaje y de baja ralea; uno se pregunta ¿habrá sido nada más que una fantasía del pintor o un arrebato de la duquesa?

El lienzo fue prestado por The Hispanic Society de Nueva York, la primera que es prestado a Gran Bretaña. También se exhibe el retrato de Don Valentín Bellvís de Moncada y Pizarro, del Fondo Cultural Villar Mir, nunca antes expuesto en público, fue comprado por el constructor Villar Mir por nueve millones de euros. Asimismo, el retrato de la condesa-duquesa de Benavente, prestado por un coleccionista privado, no había sido antes mostrado al publico.

Otra curiosidad: en las audio-guías escuchará las composiciones de Boccherini, ligado a Goya pues él músico servía como compositor de cámara del infante Luis de Borbón, ligado a Goya. Y como no, las composiciones de otro famoso sordo de comienzos del XIX, Beethoven, quien compone su magnifica Grosse Fugue y sus últimos cuartetos para cuerdas, los más inquietantes de su producción, en los años en que Europa padece la desolación de las Guerras Napoleónicas y Goya realiza sus Pinturas Negras.

Asimismo, la empresa Credit-Suissepatrocinadora del eventoha desarrollado una aplicación con motivo de Goya:ThePortraits con la cual, asegura la publicidad en la plaza londinense de Trafalgar,‘Now you can bring Goya’s portraits to life, using your smartphone.’

El retrato más inquietante y poderoso de toda la muestra es ‘El autorretrato con doctor Arteaga’, esa especie de pathosbiographie en la que Goya se retrata agonizante a los 73 años víctima de una enfermedad junto al doctor don Eugenio García Arrieta, quien le salva la vida. Goya aparece entre sus brazos a la manera de La Piedad, recibiendo el remedio. En el rostro del doctor remata la única fuente de iluminación, en claro contraste con la palidez del enfermo.

Nuevamente un fondo oscuro otorga ese hálito de vaticinio, de inspección del alma o de un más allá del que sobresalen tres rostros femeninos a la manera de las ‘Pinturas Negras’; una de ellas bien podría ser Leocadia Weiss, con quien Goya compartió sus últimos años, y las sirvientas de su casa, pero también podríamos interpretarlas como las Parcas acechando al moribundo.

 

El Museo del Prado es donde mejor se puede apreciar su obra –donde se exhibió a comienzos del 2015 una muestra enfocada exclusivamente en ‘Los cartones para tapices 1775-1794’, una faceta poco conocida de Goya–. Precisamente allí, en los bajos del museo, están ‘Las ‘Pinturas Negras‘. Al contemplarlas uno entiende el sufrimiento de Goya, uno entiende que Goya bajo al infierno.

Uno sale del recinto de la Pinturas Negras en El Museo del Prado y se encuentra a mano derecha con ‘La Lechera de Burdeos’, tal vez su último retrato, realizado en 1827, un año antes de su muerte, durante su autoexilio en Francia. Apreciará en ella los trazos dispares, trémulos, adelantándose al Impresionismo, y uno entiende que Goya, en efecto, bajó a los infiernos, y salió de allí vivo, en parte.