Todo sobre tus autores: cartas, diarios, perfiles, entrevistas, biografías y autobiografías ficticias

Apuntes sobre las escrituras del yo y su reveladoChesterton, Woolf, Uriarte, Piglia y Sontag 

 

Primera parte

 

 

POR GEORGE SIMONS

 

Las editoriales buscan saciar el interés del lector. La curiosidad literaria es un juego de oferta y demanda. Se publica todo lo relacionado a los escritores que venden: artículos periodísticos, entrevistas, diarios íntimos, la correspondencia sin censura, los apuntes de clases; incluso publican obras no terminadas —a Roberto Bolaño le han editado de manera póstuma cinco obras, la última fue El espíritu de la ciencia-ficción.

Se dice que hoy podemos acceder a la vida de los escritores como nunca antes. Por la omnipresencia de lo digital, pronto publicarán los emails y los whatsapps de los escritores de moda. Ya tenemos sus twits y existen poetas de Instagram, —claro, estas son redes sociales y no géneros literarios, pero algo tienen en común: son soportes o herramientas a través de las cuales contamos nuestras historias.

Por lo pronto, biógrafos e investigadores de la obra de Susan Sontag tienen a su disposición, los archivos electrónicos y los 17,198 emails escritos por la escritora. El disco duro se encuentra hoy en el Departamento de Colecciones Especiales de la biblioteca Charles E. Young Research Library en la universidad de Los Ángeles U.C.L.A. Sospechamos que no es la primer@ y no será la últim@.

¿La irrupción de lo digital cambia la manera cómo se investiga y se escriben biografías?

 

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La musa y alter ego (real) de la escritora británica Virginia Woolf, Vita Sackville-West reflexiona sobre las representaciones literarias del yo:

¿una novela? ¡Tonterías! ¿Literatura? Un bledo la literatura. Esto es la vida. ¿Cuándo una vida fue limpia, congruente, bien terminada?”.

 

Y ¿qué es eso… la vida?, y ¿cómo se escribe una vida?

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En el Museo del Prado de Madrid, le escuché decir a Fernando Marías Franco, especialista en arquitectura renacentista y gran conocedor de la obra de El Greco y de Velázquez, que si bien Velázquez no dejó nada escrito sobre sí mismo y son pocos los detalles y recuentos de su vida que han llegado a nosotros (uno de ellos de la pluma de Rubens), podemos conocerlo, ante todo, como pintor; pero también como lector, a través del inventario de su biblioteca. Asimismo, se le puede conocer como Ayuda de Cámara y amigo cercano de Felipe IV.  Se puede conocer a Velázquez como arquitecto en sus intervenciones en El Escorial; como museógrafo y decorador, ya que Velázquez estaba a cargo de las colecciones reales de pintura y escultura, así como de su disposición en los palacios y residencias del rey. Velázquez también tiene una faceta de modisto, él decidía cómo iban vestidas las infantas, los papas y los monarcas en los retratos. Sabemos también sus gustos como comprador de obras de arte, por el registro de compras que realizó en Roma; y si nos remitimos a ese período, al segundo viaje de Velázquez a Roma, en el que pintó la Venus frente al espejo, expuesta en la National Gallery de Londres, podemos conocerlo como amante.

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Podemos conocer a un escritor de ficción como escritor de no-ficción: como periodista por sus artículos, como académico por sus notas, como amante por su correspondencia íntima. El estilo vence al género.

A Nabokov, autor de Lolita, lo conocemos como lector a través de sus Clases de literatura europea, publicado en castellano por Zeta Bolsillo. Son sus apuntes de las clases de literatura que dictó en Wellesley y en la Universidad Cornell sobre Kafka, Proust, Stevenson, Jane Austen, Flaubert y Joyce. Eran notas dispersas que Fredson Bowers, académico norteamericano especializado en manuscritos y bibliógrafo, editó en torno a obras específicas de dichos autores, La metamorfósis de Kafka, el primer libro de A busca del tiempo perdido de Proust, El misterioso caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson, etcétera; y las publicó en inglés en 1980.

Asimismo, el escritor inglés G.K Chesterton puede ser leído en su faceta de periodista a través de la colección de perfiles recopilados bajo el título Temperamentos en la editorial JUS. El libro salió antes solamente en Chile gracias al editor chileno Matías Rivas.

Conversando con Juan Antonio Montiel, editor de JUS y responsable del relanzamiento de este libro en España, me comentó: “ciertos escritores y artistas no sólo crean sus propios géneros literarios, sino que, en cierto modo, también inauguran ciertas clases de personajes. Esto, por supuesto, tiene que ver con la idea chestertoniana de la honda imbricación entre vidas y obras, una perspectiva que marca profundamente su manera de entender la biografía”.

Temperamentos está dividido en dos secciones: “Cinco temperamentos artísticos” y “Cuatro temperamentos religiosos”. ¿Por qué religiosos? Porque el creador del mítico sacerdote y detective, el padre Brown, así como autor de la novela El hombre que fue jueves, estaba obsesionado con la teología y la experiencia religiosa.

El más largo es el dedicado a William Blake, poeta y místico inglés que conversaba con personajes bíblicos como Isaías o Ezequiel, tenía visiones (y experimentaba con hongos alucinógenos, aunque esto no lo cuenta Chesterton). Luego sigue el de Stevenson, el autor de El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde; la autora de Cumbres Borrascosas, Charlotte Brönte, o de San Francisco de Asís. Además, perfila a Carlos II, el único cristiano en haber gobernado Inglaterra (una intriga muy jesuítica), así como al escritor ruso León Tolstoi y al dominico Girolamo Savonarola, sus hogueras de la vanidad y la caída de Florencia.

Sería genial leer en español los programas de radio que Chesterton escribió para la BBC. Asimismo, tiene un estudio sobre Dickens que es lo mejor de su prosa de no-ficción, según los entendidos.

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El diario es una memoria, una crónica, el recuento de una experiencia, un ensayo o todo eso a la vez. Casi siempre es fragmentado, ya sea en días, en momentos, observaciones, escenas sueltas o reflexiones inconclusas. El diario es un género de no-ficción: el criterio último de los diarios es la verdad, en el sentido del recuento de algo que sucedió, sea un sueño o sea un invento.

Los diarios solían publicarse póstumamente. Hoy se publican en vida. Constituye un género que, en español, ha estado de moda desde hace un poco más de un par de décadas.

Un buen ejemplo de diario contemporáneo es cualquiera de los tres volúmenes de Diarios de Iñaki Uriarte. Tiene un estilo casi epigramático. Son geniales. Allí se revela como un personaje casi de ficción. Es un tío que escribe por las mismas razones que escribiría Montaigne, pero es más ácido y surreal, y en fragmentos más cortos.

Alguna mano redacta estas páginas y, aquí o allá, señala una humareda lejana, un cadáver, un caballo que cruza sin jinete, una incidencia, un temor, una alegría, una perplejidad, una cita”.

No ha tenido que trabajar en su vida, pero tampoco vive como un magnate. Cuenta que tiene una renta que le permite dedicarse al ocio productivo, al placer de leer, de beber vino durante el amuerzo y echarse una siesta cualquier día de la semana hasta que le dé el sueño (como un campeón). Veranea en Benidorm. La densidad poblacional en ese balneario durante el verano puede abrumar a cualquiera, sobre todo a alguien con ese perfil culto, gran lector, pensador asistemático, alejado de los saraos y acontecimientos sociales; pero Uriarte no cae en ningún molde. Es como un Bartleby postmoderno y, tal vez, no es nada de eso.

Una vez lo vi caminando por la Gran Via en Bilbao. Un par de veces intercambiamos emails; es un tío simpático. Uriarte disfruta la vida con un humor entrañable. Todo ello se refleja en sus diarios. Su sobrina pequeña suele decir: “el tío Iñaki no hace nada y nunca tiene tiempo para nada”.

Una de mis citas favoritas de su primer Diario (1999-2003):

Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo. (…) He estado en la cárcel, he hecho una huelga de hambre, he sufrido un divorcio, he asistido a un moribundo. Una vez fabriqué una bomba. Negocié con drogas. Me dejó una mujer, dejé a otra. Un día se incendió mi casa, me han robado, he padecido una inundación y una sequía, me he estrellado en un coche. Fui amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín. También conocí a un hombre que mató a otro hombre, y a uno que se ahorcó. Sólo es cuestión de edad. Todo esto me ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos”.

 

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En la experiencia de lectura, abrevamos de un texto ya terminado. Pasa desapercibido un misterioso fenómeno de la escritura: el revelado de la historia. Es algo que sucede en todo escrito, pero en la ficción se hace más enigmático. Sea lo que fuere que se quiera decir, el mensaje se va contando a sí mismo a través de las palabras y de las reglas sintácticas y de la ortografía. A través del lenguaje las ideas y las tramas van cobrando claridad, viabilidad, momentum.

Stephen King describe el revelado de la trama con la imagen del arqueólogo que encuentra un fósil enterrado. Excava un poco y se da cuenta de que es parte de algo más grande. Debe ser cuidadoso para no estropearlo, ir de a pocos con la escobilla, quitando las piedras, descubriendo lentamente cada capa de tierra, porque si lo saca bruscamente jode la historia. Lo cuenta en On writing, publicada en el 2000 en Scribner’s Son. Sé que se tradujo al castellano como Mientras escribo, pero no sé en qué editorial se publicó.

King utiliza otra imagen para describir esa manera en que una historia se va dando a sí misma, eso que llamé el fenómeno del revelado. En ésta interviene el elemento más misterioso de la naturaleza que puede manipular un escritor: el tiempo. La imagen que usa King es la del revelado de una Polaroid. Las imágenes tardaban unos instantes en aparecer en el papel plastificado; uno las soplaba y las agitaba delicadamente en el aire y el momento capturado aparecía como por arte de magia .

Gabriel García Márquez cuenta el revelado de sus doce relatos en su prólogo a Doce Cuentos Peregrinos. Pasaron veinte años desde el momento en que comenzó a escribirlos, en Barcelona, en los setenta, hasta el momento en que redactó el prólogo, en abril de 1992, en Cartagena de Indias. De los setenta a los ochenta, desestimó dieciocho cuentos y se quedó con doce. Éstos los trabajó a lo largo de una década, pero con varias interrupciones de por medio. Finalmente, cuenta en dicho prólogo:

 

 …quise comprobar la fidelidad de mis recuerdos casi veinte años después, y emprendí un rápido viaje de reconocimiento a Barcelona, Ginebra, Roma y París.

Ninguna de ellas tenía ya nada que ver con mis recuerdos. Todas, como toda la Europa actual, estaban enrarecidas por una inversión asombrosa: los recuerdos falsos eran tan convincentes que habían suplantado a la realidad. De modo que me era imposible distinguir la línea divisoria entre la desilusión y la nostalgia. Fue la solución final. Pues por fin había encontrado lo que más me hacía falta para terminar el libro, y que sólo podía dármelo el transcurso de los años: una perspectiva en el tiempo.

A mi regreso de aquel viaje venturoso reescribí todos los cuentos otra vez desde el principio en ocho meses febriles en los que no necesité preguntarme dónde terminaba la vida y dónde empezaba la imaginación, porque me ayudaba la sospecha de que quizás no fuera cierto nada de lo vivido veinte años antes en Europa. La escritura se me hizo entonces tan fluida que a ratos me sentía escribiendo por el puro placer de narrar, que es quizás el estado humano que más se parece a la levitación.”

 

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En el anverso está el revelado del escritor, su estilo, su personalidad, su huella dactilar. En cualquier oficio se da ese proceso de autoconocimiento, un rapport, una ganancia en la que el trabajo contínuo se convierte en un espejo, algo en lo que uno se reconoce. Finalmente, uno se revela a través de su trabajo, como dijo Fernando Marías de Velázquez.

Cuando un escritor lleva un diario lo hace siendo más o menos consciente de su dominio de los recursos narrativos. “Es inevitable”, explica Ana Caballé, directora de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona: “Como dijo Ortega y Gasset (y antes Dilthey, y Bergson, y después Sartre, y con él todo el existencialismo) la vida es un quehacer constante. No es algo que pueda materializarse; el ser humano no tiene un fin concreto, o al menos él lo ignora de sí mismo. La vida es tiempo, y por ello es preciso pensarla utilizando categorías muy distintas de las que nos sirven para clarificar los fenómenos naturales o materiales. Es decir, que para comprender algo humano es preciso contar una historia”.

 

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Si Iñaki Uriarte es el verismo, lo que lees es el personaje que encuentras en la vida real, también podemos leer lo opuesto, una magnífica autobiografía ficcionada en tres volúmenes: Los diarios de Emilio Renzi, del maestro argentino Ricardo Piglia publicados en Anagrama.

Piglia vino anotando diariamente desde 1957 al 2015 unos 327 cuadernos, que fueron posteriormente depurados en la vida de su alter ego Emilio Renzi, a través de una estrategia de autoficción impresionante. La crítica inglesa lo presenta como la respuesta latinoamericana a Karl Knausgaard. Pero Piglia es más complicado y más rico. Piglia tiene un rigor académico, una voracidad de lectura, un diapasón que no tiene Knausgaard. En Los diarios de Emilio Renzi no te atrapan los detalles o el fluir de la prosa, sino el acceso a la interioridad del autor, la voz de Piglia y, a su vez, el desconcierto producido por la tensión entre biografía y ficción, entre Piglia y Renzi.

Además, para hacerlo más retorcido, a lo largo de los tres volúmenes Emilio Renzi conversa con otras famosas autobiografías, como es la de Goethe, Stendhal, Flaubert, Kafka, Woolf, Pavese, etc. Pero antes de esa vuelta de tuerca, ¿quién es Emilio Renzi?

El nombre completo del autor es Ricardo Emilio Piglia Renzi. Emilio Renzi aparece en sus libros Respiración artificial de 1980, en su clásico de 1997 Plata quemada (un librazo policial muy, muy recomendable), y en El camino de ida publicado del 2013. Renzi se propone saber qué libros se publican en Argentina y reseñarlos todos, entre otras tareas titánicas, medio ficticias, medio reales.Intensos horarios de lectura de novela negra, de novela norteamericana, interminables sesiones de escritura y reescritura, alimentados de anfetaminas y café.  Interactúa con personajes reales de la vida de Piglia. La paranoia de la dictadura en Argentina, y una dispersión de líneas de investigaciones interesantísimas, lúcidas, que las deja y retoma cuando eso de ganarse la vida le da tiempo. Esto sucede en el segundo tomo, donde narra cómo se convierte en escritor, las vicisitudes de llegar a fin de mes, a veces publicando en prensa, otras veces haciendo antologías (para lo cual una vez va a buscar a Borges y terminan hablando de los duelos en la literatura); o haciendo informes de lecturas para editoriales, y de tanto en tanto, en ese segundo volumen, habla Piglia y brinda observaciones de un taste-maker ya maduro, camuflado en un Renzi que se abre camino en el mundillo cultural bonaerense.

Piglia pasó sus últimas décadas como un genio de la Universidad de Princeton. Murió hace un año.

Camino a casa, pensaba si se me había ocurrido a mí o lo había leído en algún lugar eso que Piglia le daba otra vuelta de tuerca a lo que escribió Gabriel García Márquez en su autobiografía, Vivir para contarla: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

La omnipresencia digital y la fabricación de nuestras historias en las redes sociales brindan un nuevo reflejo a este motivo; y si jalamos el hilo de esa madeja, bien podría retroceder hasta La vida es sueño de Calderon de la Barca. Pero esa es otra historia.

En la siguiente parte, algunas anotaciones a las lecturas de las biografías de Lispector, las cartas y los diarios de Virginia Woolf, los diarios de Sontag y sobre la naturaleza de las biografías en la era digital.

 

 

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