El Museo de la Segunda Guerra Mundial de Claudio Magris

El Museo de la Segunda Guerra Mundial de Claudio Magris. No ha lugar a proceder (2016), la última novela de Magris, esconde una reflexión inquietante sobre la guerra y una experiencia de lectura incómoda.

 

A todos nos ha pasado alguna vez: compras una novela dejándote llevar por la fama del escritor y la encuentras más aburrida que un partido de ajedrez por radio.

Me pasó con No ha lugar a proceder, (2016), la última novela del mítico académico italiano Claudio Magris (Trieste, 1939). Prestigiosísimo germanista, ensayista y traductor de Ibsen y Kleist entre otros, ganador de inumerables premios académicos y nominado al Nobel de Literatura. Es el autor de Danubio, una obra maestra, un híbrido genial mezcla de poesía, literatura de viaje, crónica, anécdotas erudita interesantísimas en cada localidad que atraviesa el río; el diario de un rio que recorre toda Europa central. Si no la ha leído, ¡debería hacerlo! Y en ese orden tiene varias obras geniales nuestro querido Magris.

Por su parte Michel de Montaigne decía que nunca se esforzaba por terminar un libro que no lo capturase en las primeras 50 páginas. Claro, el hombre podía leer a Plutarco  o Séneca en Latín sin caer rendido en las primeras tres páginas como cualquier mortal.

Un ejemplo más cercano, mejor. Samantha Schweblin, una de las voces del relato breve contemporáneo más interesantes en Latinoamérica, se confesaba en una entrevista como una gran abandonadora de libros. Decía que leía compulsivamente pero se quedaba solo con lo bueno, y a eso le dedicaba más tiempo de lectura.

La segunda vez que acometí No ha lugar a proceder, sus primeras 100 páginas fueron como el antiguo Valiums de 10mg. Si no la leía metódicamente sentado en el escritorio me quedaba dormido o pensaba en la compra, en que faltaba café y tal vez de regreso compraría un capuccino.

Conseguir ese pacto con el lector, engancharlo y deslumbrarlo de comienzo a fin no es sencillo; no es como montar bicicleta que lo consigues una vez y no lo olvidas nunca. No, no funciona así. Cada obra es un mundo distinto. ¿Cómo funciona? Quién sabe, en realidad, tal vez ahí está la cosa, ¿cuándo funciona un relato?

Sucede que la principal estrategia de la última novela de Claudio Magris es la enumeración. No como Georges Perec cuyas enumeraciones brindan ambiente, humor, describe la vida a profundidad de los personajes, su historia, detalles, en fin. Se puede conseguir tantas cosas con la enumeración. En cambio, Magris es monótono, cansino. Un sin fin de armas, objetos y parafernalia de la Segunda Guerra Mundial se entretejen con los pensamientos y recuerdos de Luisa Brooks y en ello se le van 180 páginas de las casi 400 páginas. 200 páginas de numeración de objetos, ¡no seas paloma, Claudio!

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Lo más interesante de la novela, curiosamente, sucede afuera de la ficción o así lo publicitaron los medios tradicionales. Finalmente la historia tiene asidero en la realidad. En la nota de prensa lo promocionaban así. El museo de la guerra fue un proyecto de Diego de Henríquez, oriundo de Trieste como Magris, quien dedicó una cantidad ingente de recursos para construir un Museo de la Guerra “que sirviera para la paz”.

Sospechosamente en todas las reseñas que la prensa tradicional hizo del libro, en todas, repetían lo mismo y todas apuntaban a que el proyecto de Diego de Henríquez era una hazaña insólita: una museo de la guerra para propiciar la paz. Pues bien, en Lima, Perú, también existió quien, mutatis mutandis, hizo un gran museo de la guerra o algo parecido, Miguel Mujica Gallo (1910-2001) y su Museo del Oro del Perú. Según tengo entendido existen varios museos privados de armas en el mundo.

Sí, el museo de Henríquez no es tan peculiar como lo es el mismo Diego de Henríquez. Pero solo es nombrado en la novela al final en la que explica que de Henríquez aparece como narratario. Es a él a quien van dirigidas las cartas o monólogos que lee o recuerda la curadora del museo, Luisa Brooks.  Ella, en cambio, es el personaje principal.

Siendo la voz que anuda la novela es lamentable que no esté bien definido. Resulta difícil verla como una mujer afroamericana, judía, con ascendencia italiana. joven. Bien podría haber sido asiática o magrebí, hasta que la describe cientocincuentaidos páginas después de haber comenzado sus elucubraciones mentales. Literalmente en la página 152 (¿recién en la página 152, Claudio, en serio?) encontramos esas características ligadas a su peculiar historia:

 “(…) su apellido es Simeoni (la familia que acoge a su madre); de hecho, Luisa Kasika Brooks, porque ése era el nombre de una hermana de su padre a la que él no había visto desde hacía muchos años, desde que ella se había ido a Virginia y luego, durante la guerra a Inglaterra, a uno de los primeros grupos de negras militares en el Army Nurse Corps, y había muerto antes del final de la fuera. También lo era para nosotros en aquellos días, le había dicho su padre; entonces todos y todas nos llamábamos de modos mucho más sencillos: Bessie, Joe o Jenny.”

Entre los pocos momentos de hondas reflexiones, de esas a las que nos tiene acostumbrado Magris, hay una que dice:

“No lucho contra el olvido sino contra el olvido del olvido, contra la culpable ignorancia, de haber olvidado, de haber querido olvidar, de no querer o no poder saber que hay un horror que se ha querido —¿debido?— olvidar”.

Personajes históricos y el orden oculto

Tiene cosas inusuales esta novela. Después de las primeras primeras 66 páginas aparece un indio Chamacoco en Praga. Es la nota tragico-cómica de la novela, pero no llega ni a uno ni a lo otro narrada tal cómo está. Magris, o el narrador, (a veces la misma Boorks habla de él) cuenta la estancia en la ciudad de un indio nativo del Paraguay. Llegó a Europa gracias a Alberto Vojtěch Frič (1882-1944) un célebre explorador, etnólogo, antropólogo y botánico que lo lleva para ser tratado de una extraña enfermedad.

Los objetos de Frič están en la colección que se encuentra curando Laura Brooks. A lo largo de la novela las aventuras de Frič resultan en una segunda trama que recuerda las narraciones de Patrick Deville en Peste y Cólera, sin el carácter lacónico y deslumbrante de éste. Por el contrario, Magris tiende a la exuberancia poética en esta novela (se le va un poco la chaveta o, al menos, en la versión castellana de la obra no se percibe la belleza de la prosa que hay en Danubio por ejemplo.

Después aparece todo un capítulo dedicado al soldado Otto Schimek, titulada el soldado Schimek. Un héroe de la segunda Guerra Mundial que se negó a ejecutar polacos y fue ejecutado en 1944. “Murió porque no quería matar”. Este capítulo está construido en base a tres opiniones, la de Hascher, Pollack, Ransmayr, unificados a través de Luisa y la del mismo Shimek. Pero nuevamente, la historia no llega a enganchar.

Curiosamente, el orden del museo nunca se hace evidente ni tiene algún significado (Si piensas, como me pasó, que podía remitirse a Simónides de Ceos (que murió en Italia, Agrigento) y al arte de la memoria de Quintiliano o las colecciones imaginarias renacentista, o algo así medio fantástico, craso es tu error). Luego de 20 páginas de lo mismo no queda más que pasarlas complacientemente por más que escondan un oscuro significado o símbolo que se me ha escapado.

Me preguntaba si eso es adrede, es decir, ¿pensó lograrlo Magris así, que la colección de la Fundación no tuviese un orden real que tan solo sea el del recuento de objetos o hay algo que se me escapó?

El falso despegue y la voz del autor

La sección dedicada a otro personaje, Sara, parece que activará el pacto con el lector, parece que será la historia que finalmente hará explotar la narración. Sara es la madre de Luisa, una mujer triestina, de familia judía que se ocupa del profesor y dueño de la colección hasta su muerte.

Pero no. Entre la inacabable enumeración de objetos incrusta la historia de Luisa y la de su madre, Sara, no queda bien definida. ¿Por qué? Parece contarla desde afuera, como el recuerdo que tiene alguien del recuerdo de otra persona.

Lo mismo sucede con todo el recuento de los nueve capítulos que giran en torno a la muerte de su abuela, asesinada en el único campo de exterminio italiano, el de La Risiera de San Sabba. Son recuerdos poderosos. Podrían haber encendido la narración: imagínese un pueblo italiano ocupado por los Nazis y una mujer judía que escapa con su hija recién nacida. Ella muere, pero su hija, Sara, (la negrita, judía, italiana, estadounidense que estudia historia del arte) sobrevive, se casa con un soldado del ejército norteamericano y aparece Luisa Brooks.

Uno de los momentos álgidos lo encontramos al final del capítulo titulado Historia de Luisa III:

Cómo enviada aquel don que parecía concedido a los otros, a tantos otros, a casi todos: aquella capacidad e olvidar, al menos de vivir como si hubiesen olvidado. Buenas noches, corones, sí, los Ravenna eran nuestros vecinos, quizá usted los conoció, pero esto no se decía, se decía solo Buenas noches, coronel, el resto ni se pensaba ¿Y por qué no? Vivir significaba sobrevivir, todos han tenido muchos vecinos que han muerto, unos de una manera, otros de otra, y no siempre se va a indagar o a recordar de qué modo.

Llegamos luego a una parte de Grandes ramos de jacarandá azules y morados en el castillo de Chapultepec y nos habla de la antigua residencia del virrey de México, la extensión del imperio europeo y el lector siente que está apelando a la anécdota histórica, el recurso de lo exótico que bien podrìa haber sido sacado del Sudeste Asiático o de los Apalache de Virginia.

Parece como si Magris hubiera rehusado narrar por dentro los acontecimientos, las historias que viven sus personajes. En sus reflexiones se escucha a Claudio Magris apurado por ordenar sus apuntes de lectura sin conseguir esa contundencia que logra en otras obras. La interferencia del autor sobre el narrador y las voces de los personajes fastidian la lectura. Da a pensar si acaso no estamos leyendo los apuntes de un académico de élite que no ha llegado a madurar del todo en una obra literaria.

Si bien la experiencia de lectura en sí me pareció poco agradable, es una obra con la que si logras conversar con ella. Tiene cosas interesantes. Es un trago amargo si quieres aprender de ella, pero sí es bacán conversar con ella. Te conmueve cuando la piensas. Pero solo cuando te esfuerzas en abstraer y piensas la guerra de la mano del discurso del autor. Nuevamente, la disfrutas en ese ámbito ajeno a la novela, a la lectura de la obra en sí.

Tal vez en italiano, en el idioma original, No ha lugar a proceder se lea distinto y se disfrute más. Vuelvo a plantear la pregunta: al margen de las credenciales del autor, del discurso detrás del relato y sus posibles interpretaciones y relaciones más allá del relato mismo, si leerlo no suscita algun tipo de placer en sí mismo, si no te engancha, ¿significa esto que el relato no funcionó?

No necesariamente. Quien te diga que disfrutó de comienzo a fin la primera vez La Comedia de Dante o La Ilíada miente. Ciertamente hay cosas que te jalan, imágenes, cadencias sentidos ocultos en la historia de la ideas. La aventura es emocionante pero árida. Los clásicos son como el sushi: piensas en pescado crudo y no abres la boca; poco a poco se educa el paladar y luego parecen un manjar. E

Hay obras densas, pero que valen la pena la reconstrucción minuciosa, regresar la obra en el idioma original, consultar diferentes traducciones, leerlas una y otra vez. Otras veces se trata de obras densas que tras una o dos acometidas (sucede con Faulkner) encarrilas con el autor. Otras, como No ha lugar a proceder cuesta más penetrar y, aunque la reflexión sobre la guerra es interesante y sugerente, no es de las mejores obras de Magris. Nuevamente, tal vez en italiano esté mejor.

En cuanto a la inquietante reflexión sobre la guerra, eso es otra cosa, otro escrito y otro tipo de lectura, una más conceptual. Aquí ya me extendí lo suficiente escribiendo sobre lo que funciona y no funciona del libro de Magris.

 

No ha lugar a proceder

Claudio Magris

Traducción de Pilar González Rodríguez.

Editorial Anagrama. Barcelona, 2016.

396 páginas.

 

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