La conspiración del Nobel de Literatura contra Bob Dylan

El pasado 29 de marzo, Sara Danius secretaria permanente actualizó el blog oficial de la Academia Sueca con una gran noticia: ¡habría ceremonia de entrega para el Premio Nobel de Literatura! Sería pequeña, íntima, sin acceso a la prensa. Consulté con los mejores dilanistas norteamericanos, noruegos, libros y valuaciones económicas para responder por qué recién en abril del 2017 Bob Dylan aceptará el Nobel de Literatura del 2016.

 

POR GEORGE SIMONS

Se anunció al ganador del Nobel de Literatura en octubre del 2016 y el establishment literario ardió en todas las lenguas. Decían que había mejores escritores norteamericanos y coincidían en los mismos nombres, Philip Roth, Don DeLillo o Joyce Carol Oates. Coincidían también en el mismo punto de vista: hablaban en nombre de la literatura o “desde el punto de vista literario”, sea el que fuere ese punto de vista privilegiado, jerarquizado, arbitrario. Los medios franceses viralizaron la respuesta del escritor Pierre Assouline, miembro de l’académie Goncourt: “Desde hace varios años es nominado, pero lo tomábamos como una broma”. La prensa hispanoamericana tampoco supo cómo explicarlo. Consultaron con personajes mediáticos y les preguntaron qué significaban las letras de Bob Dylan para ellos o su generación. La reacción de la academia (más mediática) no se dejó esperar. Durante su investidura como doctor Honoris Causa por la Universidad de Burgos, Mario Vargas Llosa sostuvo que la elección era el efecto de la cultura del espectáculo, una tendencia cultural decadente que habría llegado a la Academia Sueca. “¿El próximo año se lo darán a un futbolista?”, se preguntó el Nobel del 2010. (…y dicen las malas lenguas que luego de la declaración, Isabel Presley le dijo que se dé prisa que llegarían tarde a la sesión de fotos de Hola! El rumor no ha sido confirmado).

Bromas aparte, para sus detractores, lo peor era que, al parecer, a Bob Dylan probablemente ni siquiera le importaba el premio. Durante los días que tardó en responder si aceptaría el galardón o no contacté con algunos dilanólogos de primera línea, no fanáticos, sino académicos de las mejores universidades estadounidenses. Todos temían que no aceptaría el premio y que definitivamente no creían que asistiría a la ceremonia del Nobel. Argumentaban que sería una tortura para él porque es sumamente huraño y el premio implicaba una ceremonia, socializar con académicos, especialistas, un entorno elitista que nada tenía que ver con el suyo y, por si fuera poco todo ello sucedería de cara a la prensa internacional, con la que Dylan siempre ha mantenido una relación difícil, tóxica inclusive. Uno de los profesores me contó el caso de Alan Jules Weberman, por ejemplo, quien acosó diariamente a Dylan, conminándolo, con altoparlante en mano desde la puerta de su casa en el Village de NY, a liderar el movimiento de los Derechos Civiles estadounidense. Por años rebuscó en la basura de Dylan para hurgar en su vida íntima.

Finalmente, Bob Dylan respondió a la Academia Sueca, por carta, que agradecía el premio, pero que no asistiría a la ceremonia. Llegó el día y su discurso de aceptación pareció a muchos que no decía nada; a otros les pareció pretenciosa la comparación con Shakespeare. Para rematar, durante la ceremonia del 10 de diciembre, Patty Smith se olvidó la letra de la canción de Dylan. La orquesta se detuvo y debió comenzar de nuevo. El Nobel y Dylan parecían incompatibles. ¿Qué sucedió para que el premio Nobel de literatura cayera en manos del cantautor estadounidense?

Bob Dylan canta por la noche en el Festival de Newport . Foto de Douglas Gilbert

Valuaciones económicas y culturales del folk

Los 8 millones de coronas suecas que acompañan al premio Nobel, aproximadamente unos US$ 975mil, que resolvería los problemas económicos de muchos escritores, acaso no “facilitarían” la relación. No. Para Bob Dylan eso es un cacahuete.

Póngase a pensar: cada año recibe una ingente cantidad de dinero por los royalties de canciones que son himnos: Like a Rolling Stone, escogida como la mejor canción de la historia del rock por la revista Rolling Stones, o Mr Tambourine, Vision of Joahana, entre un centenar más. En cuanto a sus últimos discos, tomemos el último, Fallen Angels. Fue lanzado en el 2016, es su decimosegundo disco. Entró en mayo en el número 7 del Billboard, la lista de los 100 sencillos más vendidos en EE.UU, lo que en el barómetro de popularidad de la industria musical estadounidense representa varios millones de dólares más en sus cuentas.

Además, y ciñéndonos solo al año pasado, a fines del 2016 recibió una cantidad de dinero exorbitante por sus archivos personales. En cierto sentido es la valuación económica de su legado cultural material, sus cuadernos de notas, los manuscritos de sus canciones en sus diferentes fases de creación, notas que no han visto la luz, así como grabaciones clandestinas, las partes más inconexas de Tarántula, su novela de 1966, entre otros objetos e instrumentos de músicos famosos y representativos de la canción norteamericana con los que tuvo algún tipo de relación, Johnny Cash, Willie Nelson, Joan Baez, entre otros. No se sabe con exactitud cuánto pagaron por dicho archivo, pero osciló entre los US$15 y US$20 millones.

El dinero vino de la Fundación Familia George Kaiser, patriarca de la familia más acaudalada de Oklahoma. Habían comprado antes la colección de Wuthrie Guthrie, otro imponente cantautor y conocedor del folk norteamericano. Bob Dylan se moldeó a su imagen durante la primera fase de su carrera, de 1959-1962. Ambas colecciones quedarán a cargo de la Universidad de Tulsa y abiertas a la comunidad académica internacional.

Esto es como si un magnate argentino invirtiera en el baile del Malambo (sobre el que Leila Guerreiro escribe una crónica de largo aliento genial libro genial Una historia sencilla en Editorial Anagrama) o que un millonario peruano decida destinar parte de su fortuna en preservar el Huayno cuzqueño; claro, evidentemente, ni uno ni el otro tienen tanta demanda en el mercado académico contemporáneo como Bob Dylan. Sirva de sugerencia y de marco para resaltar el carácter autóctono, folclórico de la tradición que investiga obsesivamente el Dylan (autodidacta) de 1958-1963.

Más rápido que su sombra

Bob Dylan llegó a Manhattan en invierno de 1961 con 20 años. “Tenía el destino viéndome a la cara”, escribe en sus diarios, Crónicas Volumen I. A pesar de la pésima relación que tendría después con la prensa, paradójicamente, fue un artículo periodístico lo que dio a Dylan el espaldarazo necesario para lograr visibilidad y, así, un contrato con una discográfica importante. El especialista de folk del New York Times Robert Sheldon, tras escucharlo en Gerde’s Folk City, un garito en el barrio del Village de Manhattan, escribió en setiembre de 1961 una reseña favorable. La tituló Bob Dylan: A Distinctive Stylist’. Cuenta la leyenda que el día siguiente de publicado el artículo en el periódico, John H. Hammond, el mítico productor de estrellas como Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Aretha Frankling, entre otras, le ofreció un contrato con Columbia Records y Dylan lo firmó sin ni siquiera leerlo.

De 1961 a 1965, Dylan se convertiría en un ícono mundial, llegaría a la cúspide y decide reinventarse. Deja la música de protesta en la que había sido encasillado para regresar al rock, su primer amor (y también su primer fracaso, sucedió en el pueblo de Hibbing, Minnesota, durante su adolescencia, pero esa es otra historia).

El peso de la fama caería sobre él a partir de 1965 como un rayo. No Direction Home (2005), el documental editado por Martin Scorsese, se centra en la transición del Dylan de música acústica al Dylan de instrumentos eléctricos y rock n’ roll. Fue una herejía para los puristas de la canción norteamericana como Peter Seeger o la mítica Joan Baez.

Sucede que la búsqueda personal de Bob Dylan no tenía que ver con la defensa de los derechos civiles por sí mismos;  Dylan vivió la indignación de la segregación racial, la crisis de los misiles en Cuba, la guerra de Vietnam, el asesinato de Kennedy, entre otros sucesos que conmocionaron a su generación; habría pensado que se trataba de sentido común. La verdadera obsesión de Bob Dylan fue la música folclórica norteamericana después de que un buen día escuchó a Woody Guthrie (1912-1967). Pero con el tiempo, Dylan se revela como una persona apolítica en lugar de alguien socialmente comprometido. Dylan podría haberse explicado parafraseando al poeta peruano Martín Adán: “buscaba ser otro, y ése ha sido mi buscarme”.

Un momento. Algo no cuadra: ¿un joven enclenque, con una guitarra acústica destartalada, la harmónica sostenida como un bozal, desaliñado, algo fumado también, con una voz perfectamente desafinada, y que con 21 años cantaba sus propias canciones Only Blowing in the wind, Another Pawn in the Game, Masters of War, entre otros himnos que encarnaban la sabiduría de un filósofo de 80 años?, ¿cómo lo hacía?

El secreto de su fama

En los sesenta, la industria musical estaba en pañales. No había derechos de autor para las cientos de composiciones clandestinas, trasmitidas oralmente en fiestas rurales, entre músicos de festivales en todo y cualquiera que quisiera escuchar música antes de la invención de los discos en EE.UU. La canción norteamericana estaba compuesto por un conjunto de géneros como las baladas escocesas, las canciones Apalache, la tradición, el delta Blues de Mississippi, los himnos religiosos del góspel, las canciones de vaqueros de Arizona, entre otros muchos géneros, con tipos de letras y métricas, compases, intervalos distintivos, motivos y personajes autóctonos. Recuerde al bandido americano por excelencia, Billy The Kid, personaje sobre el que Bob Dylan escribe canciones. Y, ahora que lo pienso, si seguimos en esa línea, curiosamente, constatamos que Dylan ha retratado en sus canciones a muchísimos fugitivos como o The Jack of Hearts, o personajes enfrentados a la sociedad como el boxeador Rubin Carter, Hattie Carroll, Emmet Till, George Jackson; así como mafiosos del tipo Robin Hood como Pretty boy George o Jesse James.

A mediados del siglo pasado, la canción norteamericana era una tradición oral que no había sido registrada salvo por un conjunto limitado de grabaciones, discos de tiraje reducido, para estaciones de radios, y atesorados en poquísimas colecciones privadas. Pero el acervo del que se nutría tenía por lo menos tres siglos a cuestas. Un ejemplo en concreto: las hootenanny eran fiestas de música folk acompañadas de un tipo de música en particular. Tenían su origen en las baladas de los antiguos inmigrantes escoceses que llegaron a Virginia y que se mezclaron con la tradición afroamericana del Jazz y del Blues. Las letras se improvisaban a manera de los antiguos bardos, tomaban ciertos pasajes o ciertos temas conocidos ya por todos, Billy the Kid o la historia de Hattie Carrol, por ejemplo, y desarrollaban la historia acompañados con instrumentos tradicionales como el banjo, guitarras acústicas, harmónica, tamborines, se bebía mucho whiskey y se bailaba. Con el tiempo las canciones cuajaron en formas más o menos definitivas, y esa práctica de las hootenanny fue rescatada en Manhattan, específicamente en la 11 Oeste con la 4ta calle en Greenwich Village, todos los lunes en 1961 en el garito conocido como Gerde’s Folk City; el mismo garito al que Bob Sheldon, el crítico de música folk del New York Time, acudió para escuchar a Bob Dylan. Algo de ese espíritu de improvisación y de guitarra apalaches está en la canción de Dylan It’s Alright, Ma (I’m Only Bleeding).

En efecto, Robert Zimmerman, el muchacho que nació en Duluth en 1941, logró modernizar los clásicos de la antigua canción norteamericana en tanto que se convertía a comienzos de los sesenta en Bob Dylan.

El Dylan más literario

En 1966 publicó su única novela Tarántula. No llega a igualar la calidad ni la frescura de otros escritores de la generación de los cincuenta y sesenta, la generación Beat, pero ahí va, se deja leer.

Donde sí acertó Bob Dylan es en el género autobiográfico Crónicas,Volumen I. Se puede reconocer su voz en la prosa. Es simple, poco pulida, pero el editor ha sabido dejarla así; es la estética de Dylan y parte de su atractivo. Un hombre de pocas palabras. Tiene una capacidad genial para describir en pocos trazos personas, relaciones amorosas, lugares, y con un humor entrañable, transparente. En el 2004 su autobiografía quedó como finalista del National Book Critics Circle Award.

Su agente literario, nada menos que Andrew Willie, el Chacal, (quien siempre ha estado detrás de la agencia española Balcells) ha logrado que Crónicas Volumen I sea también un longseller, pues faltan dos entregas más del diario y cuatro entregas más relacionadas al programa de radio que condujo desde el 2006 al 2009. Fue grabado mientras estaba de tour, en restaurantes, en el bus, en las habitaciones de hotel; sin embargo, en los créditos figura como el lugar de grabación el Abernathy Building, que no existe. Se pueden escuchar sus episodios en www.themetimeradio.com.

Por otro lado, de acuerdo a un estudio realizado por BookNet Canada y Nielsen Books, cuando Alice Munro ganó el Nobel de literatura el 2013, sus ventas se incrementaron en un 4,000% en Canadá y un 700% en EE.UU., con lo cual no es del todo descabellado adjudicarle el último empujón para que Dylan acepte el premio a su agente literario Andrew Willie. O tal vez estuviese escrito que pasaría a recoger el premio a comienzos de la primavera y todo fue un ardid para no llamar la atención. Sea como fuere, este es el final de la historia, pero el comienzo se cifra en Noruega y en lo que Dylan llama destino.

Los dilanólogos noruegos y la Academia Sueca

La conspiración del Nobel de Literatura del 2016, contrario a lo que podría pensarse, no se inicia en EE.UU, sino Noruega, en un pueblo de la costa oeste llamado Førde. Corría 1974, el periodista Reidar Indrebø tenía veinte años, leía el periódico junto a su taza de café temprano por la mañana. No recuerda quién escribió el artículo, pero aseguraba que Dylan bien debería ser nominado al Nobel de Literatura. Reidar se lo tomó en serio.

“La idea se fijó en mi mente. Sobre todo porque durante esos años Bob Dylan atravesaba por su época de canciones de Gospel (1979-1981) y son las que más me gustan. El tipo podía hacer poesía de cualquier género musical y viceversa”, me cuenta Reidar Indrebø por el chat del Facebook. “Después conocí a Gunner (Gunner Lunde, un abogado y dilanólogo noruego) que estaba convencido de lo mismo y un buen día estábamos tomando unas cervezas con Allen (Allen Ginsberg, el poeta norteamericano, autor de Howl. I saw the best minds of my generation destroyed by madness…se conocían por amigos en común) y nos dijo que también se le había ocurrido. Pero según las reglas de la Academia Sueca, la nominación debía hacerla un especialista o un académico con varias publicaciones especializadas y formularla coherentemente dentro de la historia de las ideas, entre otras formalidades”.

No les costó mucho esfuerzo convencer a Gordon Ball académico norteamericano, especialista de la Generación Beat. Ball había asistido a uno de los mejores conciertos de Bob Dylan en el festival de Newport en 1965. Redactó la nominación de Bob Dylan para el Nobel de Literatura en 1996. Pierre Assouline o MVLL pueden haberlo visto como una excentricidad o una broma, pero años después secundaron la petición el poeta canadiense Stephen Scobie, el especialista en literatura norteamericana del siglo XIX y XX Daniel Karlin, y luego la profesora de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey, y Betsy Bowden entre otros muchos académicos especializados en literatura del siglo XX.

En diciembre del 2016, Bob Dylan no asistió a la ceremonia, pero el caso no se cerró entonces. Tres meses después, el 29 de marzo, Sara Danius, secretaria permanente de la Academia Sueca, anunció que sí habría ceremonia de entrega. Además, según el blog oficial de la Academia, se cree que Dylan habría preparado una clase maestra, o lecture, y que sería entregada posteriormente. Alice Munro en el 2013 grabó y envió su clase maestra.

Sucede que Bob Dylan dará dos conciertos en Estocolmo los primeros días y, como agradecimiento, a uno de ellos invitó a los miembros de la Academia. El primer fin de semana de abril tendrá lugar  la ceremonia de entrega del diploma y de la medalla en el edificio rosado de la Academia, el Börsuset, ubicado en el centro histórico de Estocolmo. A la ceremonia no asistirá más que el círculo íntimo del cantautor y los representantes de la Academia. La prensa no está invitada.

 

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Dylan en prosa y 5 recomendaciones de lectura

Desde que se anunció al ganador en octubre se me ocurrió cuál sería la relación entre Dylan y los Clásicos; seguramente a alguien ya se le había ocurrido. Llegué a dos profesores universitarios estadounidenses de lujo.       El primero es Richard F. Thomas, profesor de Estudios Clásicos de la Universidad de Harvard. Dicta una asignatura sobre Bob Dylan y la repercusión de sus letras en la cultura contemporánea. Una persona muy abierta y simpática que próximamente publicará un libro sobre el premio Nobel y por eso no puedo contarles aquí nuestra conversación. Sin embargo, en el 2007 trazó la relación entre Bob Dylan y Virgilio (por inverosímil que suene, existe una relación directa) en un riguroso artículo titulado The Streets of Rome: The Classical Dylan. Fue publicado en una revista académica de Harvard dedicada a la tradición oral y puede acceder a él gratuitamente aquí.

El segundo es el Dr. Kevin Barents, profesor de la Universidad de Boston que dicta el curso Bob Dylan’s Lyrics. Me recomendó los siguientes libros para comprender las letras de Bob Dylan:

  1. Crónicas Volumen I por Bob Dylan

Es una autobiografía genial. La traducción está cargo de Miquel Izquierdo quien también tradujo las letras completas de Dylan para la Editorial Malpaso. Crónicas Volumen I está en la editorial Global Rhythm Press.

  1. Bob Dylan: Behind the Shades por Clinton Heylin

Es el evangelio de Bob Dylan. Aparecen todos los apóstoles, herejes y fanáticos en su historia como si de una obra de teatro se tratara. Su rigurosa disciplina de verificación de datos y anécdotas es asombrosa. Un libro 100% recomendable. No ha sido traducido al castellano.

  1. Dylan Poeta: Visiones del pecado por Christopher Ricks

¡Librazo! Christopher Ricks es un académico de primera línea. Es uno de los editores del The Oxford Book of English Verse. Analizó las letras dentro de algunas coordinadas cultuales y las relacionó con poetas de la tradición anglosajona como Elliot, Shakespear, Tennyson, John Donne o William Blake. Fue traducido en España por la editorial Cuadernos de Langre en el 2008.

  1. Las letras de Bob Dylan

La mejor edición de sus letras en inglés se encuentra en la editorial Simon and Schuster, The Lyrics. 1960-2012. Esta edición está a cargo de Christopher Ricks. Sacaron una edición de lujo de US$300 y una rústica de US$50.

La editorial Malpaso sacó una edición bilingüe de Letras Completas. Bob Dylan en 3 tomos. Miquel Izquierdo, José Moreno y Bernardo Domínguez Reyes son los traductores. El dilanólogo italiano Alessandro Carrera estuvo a cargo de las notas que contextualizan cada canción.

Del eterno retorno o sobre el destino

La prensa anglosajona celebró el triunfo de Bob Dylan recordando al Premio Nobel de Literatura de 1913, otorgado a Rabindranath Tagore, en cuya obra se mezclaba la poesía y las canciones tradicionales del idioma bengalí, con temáticas de una India mística, un tanto atrasada, pero ingenua, pura, y acompasada de una educación inglesa. 100 años atrás como ahora, a decir de la crítica anglosajona, el premio Nobel de literatura sea, tal vez, un recuerdo de la íntima relación entre música y poesía. Recordaron a Safo de Lesbos (VII a.C), poetisa que habría figurado el modo mixolidio, del que se derivó un nuevo tipo de música en la tradición de la música antigua griega.

Por otro lado, cuando leo que Bob Dylan pudo haber infringido derechos de autor en algunas de sus canciones siempre recuerdo ese párrafo maravilloso que escribe Roberto Calasso sobre lo que Baudelaire le debe a Stendhal en su La Folie de Baudelaire (en Editorial Anagrama):

“Toda la historia de la literatura –la historia secreta que nadie estará nunca en condiciones de escribir sino parcialmente, porque los escritores son demasiado hábiles para esconderse– puede ser vista como una sinuosa guirnalda de plagios (…) fundados en la admiración y en un proceso de asimilación fisiológica que es uno de los misterios mejor protegidos de la literatura”.

Pero en su momento, el catedrático de Clásicas de Harvard, Richard F. Thomas, citó a T. S. Eliot, “Philip Massinger” (1920).

 Immature poets imitate; mature poets steal; bad poets deface what they take, and good poets make it into something better, or at least something different. The good poet welds his theft into a whole of feeling which is unique, utterly different from that from which it is torn; the bad poet throws it into something which has no cohesion. A good poet will usually borrow from authors remote in time, or alien in language, or diverse in interest.

El premio Nobel de Literatura del 2016 tiene la capacidad de habitar el pasado, tradiciones y letras de canciones que, lejos de ser invenciones propias, son descubrimientos. Algún incauto diría “apropiaciones” o derechos de autor. En lo personal, no me queda claro en qué medida éstos conceptos frenan o confunden el valor del arte con ser absolutamente original o la unicidad/uniqueness. Claro, una  cosa es Pierre Menard y otra es copiar por admiración, por aprender. Sea como fuere, Dylan es un expl9rador de la canción que no tiene nada que ver con la veracidad del académico o del periodista. La palabra discover aparece numerosas veces en sus letras, (Christopher Ricks sostiene que Dylan detesta la idea de reinventarse, que él se siente un explorador que habita mundos perdidos) y aquí está su magia: que sin conocer a quienes escuchan sus letras, su música, Dylan los descubre.

La buena música nos escucha antes de conocernos. Fíjese la próxima vez que habla con sus amigos de música: cuando hablan de una banda o una canción que les gustó o marcó una época de su vida les escuchará decir: “los descubrí cuando…” o “la escuchaba cuando…”.Esa sensación especial que tiene toda ‘la buena música’, que irrumpe de secreta embestida en el pecho y la frente, como diría Vicente Aleixandre, sucede cuando la música nos descubre, nos ha escuchado antes de conocernos. El silencio de la creatividad.

Finalmente, Bob Dylan repite una y otra vez en pasajes importantes de su Crónicas Voumen I la palabra destino, destiny. En 2011 un periodista del programa de investigación 60 minutos le preguntó: “¿a qué te refieres cuando hablas de destino en tu libro?” El Nobel de Literatura del 2016 respondió sin titubear: “es algo que uno sabe de uno mismo, algo que nadie más tiene. Es un sentimiento. La imagen que tienes de ti y adonde quieres llegar. Eso siempre es algo frágil y si lo sacas y hablas de él, alguien lo matará. Es mejor dejarlo adentro y confiar en eso”.

Bob Dylan y George Sebastian en una Triumph. Woodstock. NY. Foto. Douglas Gilbert

*All photos. Copyright Douglas R. Gilbert

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